miércoles, 23 de marzo de 2022

Aún vivo

 

Éste es un relato que me ocurrió hace años, en mis días de camionero por el norte chico. Los que dicen conocerme se preguntarán: pero éste pata ¿cuándo fue camionero? Bueno, no exactamente, cuando trabajaba en una Reserva Nacional al norte de Lima se necesitaba regar los árboles que habían sido reforestados, y la única forma era hacerlo con un camión cisterna.

Este camión era un Dodge D-500 de antigüedad incalculable para mí y mi historia con este armatoste fue mala desde el comienzo. Todo empezó en mi primer día en esta Reserva y durante la primera entrevista que tuve con mi jefe me preguntó si tenía brevete y si antes había manejado un camión, y mis respuestas fueron si a la primera y no a la segunda, aunque mi licencia solo me permitía conducir vehículos menores. Mi jefe no contento con saber que estaba incapacitado para conducir un  vehículo pesado, me llevó hasta el camión en mención, me ordenó subir al volante a lo que obedecí mis mayor protesta ya que pensé que solo me enseñaría a encenderlo, la posición de los cambios o algún truco que seguramente tendría un camión tan viejo como este.

El camión estaba estacionado en la parte baja de le Reserva, para salir de allí existe un camino sinuoso que sube por el cerro al borde de un abismo, y mi jefe me ordeno arrancar y salir hasta la parte alta. Le dije lo más respetuosamente que pude, que ese camino era muy angosto, que tenía muchas curvas y nunca había manejado un vehículo así, pero no le importó, me dijo que si tenía brevete podía manejar cualquier cosa, que todos los carros son iguales, y para darme más confianza, llamó a otro guardaparque y lo subió a la cabina junto a él. El pata estaba palteado, ya que escuchó toda nuestra conversación, le rogó bajar del camión pero lo sentó junto a mí y el jefe en la puerta, fumando tranquilamente su cigarro. Salí nervioso de allí enrumbando a la subida por el estrecho y zigzagueante camino, pero mis cálculos en las curvas no me fallaron y llegamos a la cima sin novedad. Desde entonces manejaba el camión diez kilómetros fuera de la Reserva hasta una hacienda de espárragos que tenía un pozo y allí llenábamos agua para el riego de los árboles que se había reforestado. El motivo era loable por lo que acepté el encargo.

Una de tantas veces que manejaba el camión por la Panamericana Norte me detuvo una patrulla policial, y obviamente fui. Les metí un floro sobre la protección del ambiente, la importancia de la reforestación, pero no les importó mi discurso conservacionista,  y solo querían un sencillo para calmarse, así que no me quedó otra que sobornar (por primera vez) a un policía (ya con mi auto se repetirían una cuantas veces más).

Pero lo más trágico que me pasó con este camión fue lo siguiente: un técnico llegó para reparar los cambios, y nos dijo que volvería la siguiente semana para reparar los frenos, ya que el aire se perdía, pero se podía usar con cuidado. Se había programado regar los plantones de la parte alta de la reserva, así que fuimos todos, se regaron las plantas y luego seguiríamos bajando al lado del inclinado camino, pero al arrancar noté que el freno no respondía. Ya estábamos en la pendiente, intente poner los cambios en segunda para bajar la velocidad pero como estaba recién reparado, no enganchaba, o sería por mi nerviosismo que no entró el cambio y mientras lo intentaba, pisaba el embrague y el camión, con toda su carga de agua bajaba en neutro ganando cada vez más velocidad. Mis compañeros que estaban conmigo en la cabina se lanzaron por la puerta y me dijeron que saltara también. Al ver por el espejo retrovisor veía a mis amigos correr detrás, llamándome, pero sabía que el camión era muy importante y habría que hacer algo. Vi con horror que el camino terminaba en un cruce en T, a la derecha en subida rumbo a la salida de la Reserva, y a la izquierda la bajada hacia la casa de los guardaparques. La curva en ese cruce era muy cerrada para girar a esa velocidad, así que solo me quedo salirme a la derecha del camino y esquivar los árboles, hasta que vi una zanja de un metro de ancho con un cerco de madera. Pensé que el camión se estrellaría contra  la zanja, por lo que decidí acelerar para pasar “volando”. Recuerdo como mi vida entera pasó por esos noventa segundos que creo duró la bajada, hasta que logré saltar la zanja. Salí por un camino en subida, por lo que el camión se detuvo lentamente.

Aunque suene extraño, no tuve miedo en ese instante crucial, mas pensaba en no destruir el camión. Mis patas al alcanzarme me sacaron en hombros y hasta ahora recuerdan esta anécdota.

Al regresar a casa, lo primero que hice fue adquirir un seguro de vida, ya tenía una hija y comprendí que la vida era muy frágil. Luego seguí manejando el camión con normalidad (después de reparar los frenos por supuesto) hasta que dejé la Reserva, que ya por entonces era  mi segundo hogar.

viernes, 1 de octubre de 2021

Wantoo

 


 

Hasta el momento no me he referido a ninguna persona por su nombre, aunque esto dificulte la redacción, y por lo tanto la comprensión. Pero ahora no puedo evitar mencionar a alguien, aunque no por su nombre, pero si como familiarmente lo llamábamos: Wantoo.

No todos los que lo conocieron lo llamaban así, y digo conocieron porque él nos dejo algún tiempo atrás. Es un poco doloroso recordar que no lo veré más, pero tengo la satisfacción de saber que es una de las personas más ocurrentes que conozco. En mi mente aún está en presente.

Lo conocí cómo a todo mi grupo en primaria, y fue de los cuatro originales. Él siempre fue el más creativo. Escribía cuentos, canciones, poemas, criticas de cine y de música. Cuando quería presentarnos alguna nueva producción suya, nos llamaba para una “velada artística”. Recuerdo gratamente un cuento suyo, creo que fue el primero, titulado “El paquete azul”, sus canciones “No me hagas sentir tan mal” y “Nacido sudamericano”, las recuerdo porque las tocamos.

Mucho de lo que se de cine se lo debo a él. Al final de una película me podía dar detalles que yo no había percibido. Más de una vez acertó con las ganadoras del Oscar, o los Grammy. Le apasionaba hablar de estos temas. Aunque no compartíamos los mismos géneros musicales, siempre respeté sus críticas sobre lo que me gustaba.

Su vida podía sonar muy bien, pero no lo era. No pudo estudiar después del colegio. Su madre murió cuando estábamos en tercero de secundaria, y su padre, con quien no vivía, falleció poco tiempo después. Vivió solo con su hermano mayor. Se vio obligado a trabajar e hizo de todo,  incluso trabajó en la morgue de un hospital. Creo que estas cosas formaron su carácter.

De niño tenía una forma muy particular de correr, y por eso lo molestábamos. Ahora que lo recuerdo, fuimos muy crueles con él. Ya más grandes, ya no solo era su forma de correr, sino otros hechos los que nos hacían dudar de su opción sexual, pero a pesar de la confianza que le teníamos, nunca se lo preguntamos directamente, solo nuestros comentarios agriamente homofóbicos. Nunca le dimos la confianza para que nos pudiera confesar lo que sentía. Esa es una de las cosas que más me arrepiento en esta vida.

Años después, varios nos mudamos a otros barrios, y lo veíamos muy poco. En sus cumpleaños siempre nos decía que hacía una reunión para nosotros, y otra para sus otros amigos. Nunca pensé nada malo de eso, supuse que hablaba de sus patas del trabajo.

La última vez que lo vi fue en mi casa. Llegué del trabajo y lo encontré allí, hablando de sus proyectos futuros, lo vi bien, optimista, le presenté a mi hijo recién nacido, y hablamos un rato. Unas semanas después, nos reunimos los otros y como era obvio, faltaba uno, entonces fuimos a buscarlo a su casa. No había nadie, así que dejamos una nota bajo su puerta. Dos días después, un primo suyo nos llamó para decirnos que había muerto.

Nos reencontramos en el velorio. Fue una sensación muy extraña, como haber perdido un brazo. No quise verlo en su ataúd, él era la persona más viva que conocí, y definitivamente no era el objeto inerte que reposaba dentro de esa caja, así que me llevaré el recuerdo de su vida, no de su muerte.

Esa noche al regresar abrumado a mi casa, me acosté pensando en la fragilidad de la vida, en lo que el  mundo había perdido, y me quedé dormido y tuve el sueño más real que hasta ahora he tenido. Llegaba a mi casa volviendo del velorio, y al abrir la puerta lo vi en mi sala cargando a mi hijo, el bebé reía y él también, y le dije sorprendido “¡pero vengo de tu velorio, cómo es posible!”, y él me dijo: no estoy muerto, estoy bien, no te preocupes por mí. Aún en mi sueño corrí al teléfono para llamar a los demás. Al despertar tuve que analizar muy bien para separar mi sueño de la realidad.

En el entierro comprendí muchas cosas, creo que los únicos heterosexuales que fuimos éramos nosotros y su hermano. Lo comprendí muy tarde.

Algunos meses después nos reunimos en mi casa, después de unos tragos fue inevitable no recordarlo. Creo que el sentimiento de culpa nos abrumo simultáneamente. Nos abrazamos y las lágrimas brotaron. No lloro fácilmente, pero Wantoo merecía mi llanto como ahora merece mi sonrisa.

Ya nos veremos Wantoo, espero que desde donde estas puedas criticar este blog.

miércoles, 25 de abril de 2018

Armas




Las armas, y me refiero a las de fuego siempre me parecieron interesantes. Son instrumentos eficaces que pueden cambiar la situación en un microsegundo. Puedes inhabilitar a un agresor de manera rápida. Nos hace sentir poderosos, podemos quitarle la vida a alguien con solo mover un dedo, es el poder de Dios. Los defensores de las armas podrán justificar este argumento. Recuerdo haber leído sobre la matanza en Virginia Tech University el año 2007, una de tantas masacres en Estados Unidos en la que un estudiante aparentemente desquiciado asesinó a treinta y dos personas, hirió a veintinueve, suicidándose luego. Según los paladines de las armas, si alguno de los estudiantes hubiera tenido un arma, habrían eliminado al atacante y no lamentaríamos tantas muertes. Se mantiene el circulo vicioso.
Otro caso similar, la ocurrida en la escuela Columbine, Colorado, en 1999, que fue dado a conocer por el excelente documental “Bowling for Columbine”. Dos alumnos dispararon contra doce compañeros, un profesor, hiriendo a otros 24 estudiantes, suicidándose luego. Las armas que usaron se adquirieron legalmente.

Creo que no todas las personas estén listas para tener un arma. Les contaré un hecho que le sucedió a una persona que trabajó conmigo, aunque no era amigo mío, si me conmovió lo que le sucedió: él era (y espero que ya no lo sea) una persona de carácter explosivo, se alteraba fácilmente. Una mala combinación con la posesión de un arma.
Resulta que esta persona tenía problemas con el estacionamiento de los vehículos del negocio de un vecino suyo, siempre aparcaban frente su casa, impidiendo estacionar el suyo. Un nefasto día, fue a increpar al vecino que mueva su vehículo, pero ante su negativa, fueron a los gritos y luego a los golpes. Este incidente ocurrió frente a la esposa e hijos de ésta persona, y fue vencido por el vecino, mas fornido que él. Humillado frente a su familia y vecinos, solo atinó a entrar a su casa y sacar su pistola, amenazando al vecino. El vecino no se asustó mientras le gritaba que no se atrevería a dispararle, y que él también tenía un arma y si tenía el valor de usarla. Mientras el vecino le dio la espalda, dirigiéndose a su casa donde se supone, sacaría su arma, esta persona le disparó, matándolo. Arruinó su vida, la de su familia y la familia del vecino porque no pudo controlar su ira, y además, tenía un arma.
 
Sobre la tenencia de armas, me parecen interesantes, pero como instrumento deportivo, ni siquiera de caza, para tiro al blanco. Solo he utilizado armas de aire comprimido para este propósito, pero con un arma de fuego puedes intentar blancos más lejanos y probar aún más tu destreza, solo para eso. Tener un arma con otros propósitos ya es muy diferente. Como dijo el tío de Peter Parker (El Hombre Araña): “Un gran poder implica una gran responsabilidad” y creo no estar preparado para esa responsabilidad, aunque creí estarlo.

viernes, 19 de mayo de 2017

Cometa Halley

No se si ustedes vivieron la última visita del cometa Halley en 1986. Como el Perú era uno de los mejores lugares para observarlo, se creó una gran expectativa por este acontecimiento. Tampoco faltaron los pesimistas que vaticinaron el fin del mundo con el inminente impacto del cometa ya que iba a pasar muy cerca, pero como ya saben, nada malo pasó.
Por aquellos días parecía conformarme con verlo desde el techo de mi casa, o por televisión, ya que no tenía planes para salir de Lima en busca del fenómeno celeste.
El día que debía pasar el cometa fue otro día cualquiera, hasta que a medio día uno de mis patas de mi grupo original me buscó y me propuso ir de campamento a algún lado, yo propuse Santa Rosa de Quives.  Con las mismas buscamos a otro miembro del grupo, y éste tenía la visita de un pata de su Universidad, quien se quiso acoplar, así que nos dispusimos a organizar el viaje. Aunque ya no teníamos tiempo, en solo un par de horas alistamos nuestras cosas, la comida y lo más importante, el trago. Salimos de Lima a las 4 de la tarde, en un viaje un tanto accidentado, muchas personas viajaban, así que el bus iba lleno y por lo tanto viajamos parados, bueno, sentados sobre nuestras mochilas.
De los cuatro que viajamos, solo yo conocía nuestro destino. Había viajado de niño y recordaba claramente que el bus que nos llevó ingreso al pueblo. Lo que no sabía era que existía otra carretera que no ingresaba al pueblo, pasaba por abajo, así que yo confiado en ver la “Casa de Santa Rosa” les iba diciendo a mis amigos que aún faltaba para llegar. Cuando ya empecé a sospechar que nos habíamos pasado, le pregunté a uno de los pasajeros quien muy alegremente me dijo que ya habíamos pasado Santa Rosa ”hace rato”, entonces avanzamos hacia la puerta y le dijimos al chofer para bajar. El bus se detuvo en un pueblo llamado Yaso, en medio de su plaza al momento en que allí se realizaba un partido de fútbol. El chofer no tuvo mejor idea que dejarnos en “medio de la cancha”, bajamos y el bus se fue raudamente. Los cuatro nos quedamos parados viendo alrededor como habíamos detenido el partido y los jugadores y tribuna nos miraban con odio. Lentamente nos alejamos y los pobladores no decían nada, solo nos seguían mirando con odio, parecía como si solo esperaban a que alguien diera la orden de atacarnos.
Salimos del pueblo y un grupo nos seguía, creo que para asegurarse que nos íbamos. En ese momento oscureció, y tuvimos que decidir qué hacer.  De nuestro grupo, dos no habían llevado nada de comer, porque esperaban comprar algo, y como a Yaso no volvíamos más, entonces empezamos a caminar hacia Santa Rosa. Nos dimos cuenta que nadie había llevado linterna, así que caminamos “a tientas” por más de dos horas. Fue algo tenebroso ya que aún teníamos la sensación que nos estaba siguiendo, porque se escuchaban pasos lejanos, murmullos en una carretera totalmente vacía y la oscuridad ayudaba a nuestros temores. Empezamos a ver la luz de nuestro destino y nos dimos cuenta que parecía una feria, lleno de carpas y gente, así que comimos algo y nos dispusimos a esperar el paso del cometa, y para amenizar la espera salieron a relucir las botellas de ron que habíamos llevado.
Recuerdo que el cometa debía pasar cómo a las 2 de la mañana, pero el efecto del trago llegó primero. Cansados de la caminata y el sopor del licor nos quedamos dormidos no sé a qué hora, pero cuando despertamos era de día y el cometa ya había pasado. Le preguntamos a los campamentos vecinos y nos dijeron que fue bacán, que lo máximo, etc. y nosotros absortos, arrepentidos por la oportunidad perdida, jurando no tomar nunca más.

Regresamos a casa cabizbajos, con la optimista creencia que veríamos el cometa la siguiente vez que regresara, el 2061.


viernes, 21 de abril de 2017

¿Bullying? Los de mi época (Parte 2)


Disculpen la demora, apenas dos años para esta entrega. Además existe otra razón, tuve que reescribirla. Guardo un backup de todas los posts, pero esta segunda parte se perdió en algún lugar de la nube, así que haciendo memoria me puse a escribir.
Trascurrieron los años en mi colegio, ya tuve un grupo de amigos, y hasta me hice patas de los más “malandros”. Los conocía bien y sabia de sus “pendejadas”, siempre veía por donde escapaban del colegio. Era por el descanso de la escalera, por allí la caída a la calle no era muy alta, además era un descampado y nadie pasaba por allí. Una de esas tardes aburridas en el cole, decidí fugar también. Subí por el muro y me descolgué, pero ya estando fuera me puse a pensar: ¿y ahora qué hago?, mis patas se iban a jugar pelota y como yo no juego, me dispuse a regresar. Subir el muro no fue muy fácil, nadie lo hacía pero lo logré, y ningún profesor me vio.
Durante un recreo, escuchamos un griterío en el patio. Salimos a ver de qué se trataba y vimos al auxiliar correr. Yo solo pensé, pobre de estos bastardos, éste pata los molerá a golpes, pero la situación no era así. Detrás del auxiliar corría un alumno con un cuchillo, persiguiéndolo, y aquel solo pudo salvarse metiéndose al kiosko. El alumno con el cuchillo solo se fue y su madre lo retiro del colegio al día siguiente.
Un día en el salón, un pata nuevo estaba sentado en la ultima carpeta (como era usual), hasta que llegaron los “malandros” y entre dos levantaron la carpeta (con alumno nuevo incluido) lanzándola hacia atrás. Al levantarse tenía el brazo roto. No delató a nadie.
Pero a pesar de tener patas, no pude pasar “piola” todo el tiempo. Durante el recreo, un pata mío me agarró del cuello por detrás con una botella rota. Mientras lo hacía gritaba para llamar la atención. Era como una prueba de valor, para creerse “el bacán”, pero a pesar que su intención no era cortarme, con el movimiento si lo hizo. Un pequeño hilo de sangre empezó a correr por mi cuello. La verdad fue que él se asustó más que yo. Sabía que el corte fue superficial, y él solo se quedó mirando mientras se le caía de las manos el pedazo de vidrio. Yo solo me acerqué y me di un golpe. Creo que es la única vez que he roto un labio (a golpes me refiero), y éste pata no se defendió, sabía que lo merecía. Aun tengo esa cicatriz.
Otro día, mientras caminábamos por la calle unos patas empujaron violentamente a un amigo mío. A pesar nosotros éramos unos cinco, los otros que eran mayores que nosotros atacaron sin motivo alguno a mi pata. Uno de los míos, al ver esto solo atino a lanzarse sobre dos de los agresores, lanzándolos al suelo y golpeándolos. Nosotros solo los separamos y nos fuimos. Esa fue una lección de compañerismo de éste pata (uno de los malandros) para proteger a otro de los nuestros. La violencia estaba en todas partes.
Como dijo Arguedas en “El Sexto”: allí conocí a lo mejor y lo peor del Perú. Mi colegio me formó no solo académicamente, apenas puedo recordar lo que me enseñaron algunos profesores, pero si todo lo que les he contado.
Viendo como el Bullying se produce actualmente, cuando los profesores no tienen mayor autoridad y los chicos esperan que alguien soluciones sus problemas de acoso, creo que yo viví una buena época.
Me voy, esperando reeditar pronto los otros posts.

Chau.

viernes, 8 de abril de 2016

¿Bullying? Los de mi época (Parte 1)

Hace poco leí un artículo periodístico en el que se anunciaba la celebración de los 50 años de la primera edición de “La Ciudad y los Perros” de nuestro nobel Mario Vargas Llosa. Dicho sea de paso, no he leído esa obra y solo me contente aunque no me conformé con ver la película homónima, allá por los 80’s.
Esta conmemoración me recordó mis años en el colegio, y aunque no estuve en un colegio militar, si pasé mis años escolares una Gran Unidad Escolar que para asuntos prácticos, era igual o peor.
Estudié primaria en un colegio de barrio, pequeño donde todos mis compañeros eran mis vecinos y como todos conocíamos a la mamá de todos, eso creó cierto respeto y la convivencia fue agradable. Ya cuando iba a comenzar segundo de secundaria, mis padres decidieron matricularme en el colegio donde terminó mi hermano mayor. Era en el Rímac y como comprenderán mi vida cambió radicalmente el primer día de clases. Mi hermano me acompañó, ya que yo nunca había estado en ese distrito, me indicó donde debía tomar el microbús de regreso, me enseñó el colegio por dentro y me dejó más solo que Robinson Crusoe sin Viernes y más perdido  que hijo de puta en el Día del Padre. Llegué a mi salón y sólo atiné a sentarme atrás, en la última y solitaria carpeta, al rato llegó otro pata, que parecía en mis mismas condiciones y se sentó a mi lado. El resto del salón ya se conocía y hablaban animadamente. Mi compañero de carpeta, tímidamente empezó a hablarme, recuerdo que me dijo que vivía en Ventanilla y luego muy suelto de huesos  se anunció como un violador y por los detalles que me dio, parecía profesional. Me narró sus hazañas y algunos tips. Sus indicaciones eran precisas: la chica a la que quisieras violar debería medir solo hasta tu hombro, de lo contrario, tendría fuerza y podría ganarte. Había que golpearlas un par de veces, luego solo sujetarlas y ya se dejarían. No crean que escuché esto con curiosidad, sino con estupor. Luego sacó una revista porno en plena clase y cuando el profesor se acercaba a nuestra ubicación, la puso sobre mis piernas. Apenas pude cogerla y esconderla debajo de mis cuadernos y el profesor, felizmente no notó lo que tenía. Como aun no tenía “calle” suficiente, solo le dije que no vuelva a hacerlo. Y todo esto en mi primer día de clases.
Los días transcurrieron pero no me adaptaba del todo. Era muy callado, difícilmente hago amigos y aquí no era la excepción. Todo esto confabuló para hacer del “nuevo” (o sea yo) la nueva "lorna" del salón. Todos me insultaban por cualquier cosa, escondían mis cosas, me empujaban, ponían cabe. Recuerdo que le dije a mi mamá y ella fue a hablar con el auxiliar del salón, quien entró al aula y estúpidamente les dijo a todos que no me molestaran. Esto obviamente fue peor para mi ya que pensaron que los había delatado y los maltratos fueron peores. Aguante como Gandhi  algunos días hasta que ya no lo soporté. Cuando el más “monse” del salón empezó a molestarme en el recreo, en medio del patio y ya no sentía tristeza y temor como al inicio sino que mi sangre hervía, mire a mi agresor, lo medí y le di un puñetazo que lo mandó al suelo. Todos en el patio del colegio se detuvieron, lo  ayudaron a levantarse,  y simplemente se retiraron. Regresé al salón y ya no me molestaron más. Me gané el respeto aunque no de la mejor forma, y debo aclarar que este pata “monse” llegó a ser uno de mis mejores amigos.
Recuerdo a una profesora que era muy joven, y también recuerdo que una vez al finalizar las clases quería bajar por las escaleras pero algunos alumnos no la dejaban, la cercaron y le metían la mano bajo su falda. No entendía cómo podía haber patas tan avezados como para faltarle el respeto a una profesora y dentro del colegio. Ella trataba de pasar y su falta de carácter era evidente. Pidió su cambio, solo estuvo dos semanas.  Ya luego comprendí que así eran las cosas en esta casa de estudios.
Otro caso similar fue con un profesor, él llegó muy confiado en sus 15 años de experiencia en el magisterio, como lo dijo orgulloso al presentarse, y al decir su nombre todos (incluso yo) reímos a carcajadas. Era un nombre de rasgos andinos al igual que su aspecto y esto fue el motivo de nuestras burlas. El profe no demostró manejo del aula y pronto perdió el poco respeto que su traje le brindaba. En ese entonces me sentaba a la mitad del salón, ni muy nerd ni muy vago, y en plena clase con este profe vi como la mota (de borrar la pizarra) pasó volando desde atrás hacia adelante donde se encontraba parado el docente. La trayectoria indicaba el punto de impacto: la cara del profe. El proyectil impactó donde temíamos, pero nadie rió. Sabíamos que se nos había pasado la raya, una cosa era hacerle chongo, pero esto ya era criminal. El profe no dijo nada, solo se limpió la cara, recogió sus cosas y salió del salón. Ahora vendría la venganza del auxiliar y esperamos asustados. Terminó esa hora y nadie vino. Nada pasó. Al profe no lo vimos nunca más.
Como comprenderán estaba rodeado de bestias y para controlar a las bestias se necesitaba un auxiliar igual o  peor que sus educandos. Cuando se armaba el chongo en el salón venía el tío éste y de un grito detenía el burdel, pero allí no acababa la cosa. Venía ahora el castigo: regresaba a su oficina y volvía  con un palo de construcción, nos llamaba de uno por uno, nos hacia apoyarnos en una carpeta y nos golpeaba en la espalda. Lo peor era la espera a que te llamen, estar sentado en la sala de espera a la muerte, mirando los gestos de dolor de tus compañeros y luego, al llegar tu turno acercarte lentamente al patíbulo. Zas y esperar el discurso final. Una vez, en uno de tantos castigos, uno de mis patas cayó desmayado por el golpe, seguido de la carcajada general, pero no por el desmayo, sino por la cara de susto que puso el auxiliar, se le pararon los pocos pelos que tenía y solo cargó al desmayado a su oficina y no se con que lo habrá sobornado para que no dijera nada, ya que nada pasó.
Pero reconozco que no éramos unos santos, aunque no protagonista si espectador y cómplice de muchas travesuras.

Esto se está poniendo muy largo, así que continuaré después.


Alcohol y Rock and Roll

Cuando aún estaba en el colegio, íbamos a celebrar año nuevo con unos amigos. Quedamos en ir varios patas al Rímac, pero éstos fallaron y nunca llegaron, así que solamente me encontré con uno. Él me presentó a dos amigos suyos. Con el poco  dinero que tenía compré el trago que me gustaba entonces: Macerado de Coco, un licor asqueroso que ahora no se lo recomendaría a nadie. Empezamos a tomar en un parque, y yo algo corto ante estos patas desconocidos, pero el trago tiene la ventaja de convertirlos rápidamente en tus mejores amigos, y si bien, esto último no pasó, si nos caímos bien.

Después de haber terminado las dos botellas que pude comprar, les dije que ahora era su turno, pero me dijeron que estaban “misios” y por lo tanto era el fin de mi anunciada “primera borrachera”. Aunque ya había estado ebrio una vez y solo con un par de tragos, ésta era mi oportunidad de tomar “como Dios manda”, pero mis planes se veían frustrados. Otra vez el destino burlándose de mí.  
Al ir caminando por las calles de ese populoso distrito, uno de nosotros se encontró con un amigo y éste nos invito a tomar unas chelas. En la última casa del callejón más tenebroso que me hubiera imaginado, había una chingana, y para coronar mi temor, se produjo un apagón. 

Con la luz de unas velas y unas canchitas que la señora de la tienda muy amablemente nos invitó (que reemplazó al pavo y al lechón), empezó el nuevo año y llegó  con chelas. Hablábamos  de todo, hasta que nos dijo éste pata que nos ponía el trago: “vamos a casa de unos amigos, está aquí, a la vuelta”, así que todos nos enrumbamos para ahí. Milagrosamente, la “luz” regresó en ese momento, sino lo que les cuento a continuación, no tendría sentido.
Al llegar a esa casa fue grande mi sorpresa cuando vi que allí  había un grupo de rock tocando, eran cuatro patas y una chica que tocaba el teclado. Ella llevaba una minifalda inolvidable aunque solo superado por su talento con las teclas.  Esa fue una visión, y no me refiero a las piernas de la chica en cuestión, sino al hecho de estar en el ensayo de un grupo.  A esa edad uno es más impresionable, así que esto contribuyó a mi gusto por la música. Su repertorio, ahora que lo recuerdo, era simple, covers de moda, pero escucharlos en vivo era otra cosa.
El anfitrión muy amablemente nos dijo que tomáramos la cerveza que había en la refrigeradora. Parece que le agrado que de pronto, tuvieran público. Al dirigirme a la cocina vi que el refrigerador estaba lleno de cerveza, ya no cabía una más, así que con confianza y conchudez, me dispuse a culminar mis planes de esa noche.
Ya relativamente ebrio, le dije a uno de mis nuevos patas que trajera más cerveza y al regresar me dijo que solo quedaba una. Con la poca lucidez que aun mantenía, decidí que era momento del adiós, ya que acto seguido harían la “chancha” para comprar más trago y nuestra situación hubiera sido muy incómoda.

No sé qué hora era, pero aún estaba oscuro, nos fuimos a un parque, me recosté en el pasto y al abrir los ojos, ya era de día y un perro amenazaba con orinarme.
Me levanté, me despedí de mis nuevos patas, de los cuales no recuerdo ni su nombre, y me fui a casa, con la sensación que haber vivido el rock and roll. 

Dos años después, con uno de los amigos que nunca llegó, formamos un grupo de rock.