miércoles, 23 de marzo de 2022

Edición de Aniversario

 

El día de hoy se celebra el primer año del inicio de este blog. Considerando que no celebro mi cumpleaños, ni celebré mi matrimonio ni graduación, esta fecha debería pasar desapercibida para mí, pero no es así. La verdad es que algunos post si me gustan y estoy orgulloso de ellos, hasta los leo de vez en cuando, a veces encuentro algún error y lo corrijo, y también siempre estoy pendiente de los comentarios y me he dado cuenta que, aunque nunca los contesto, siempre agradezco los mismos, ya que significa que alguien más, aparte de mi los lee.

El blog me ha creado cierta disciplina, ya que es como una obligación publicar un post, ahora por lo menos una vez. Al inicio era cada semana, pero era muy seguido y no tenía tiempo de escribir. A veces no se me ocurre nada, y otras me llega una oleada de temas posibles de ser mencionados. Creo que los temas de opinión nunca terminarán. Estuve tentado de escribir sobre la campaña electoral pasada, pero inevitablemente me hubiera referido con adjetivos inapropiados a los candidatos de la segunda vuelta, por lo que decidí abstenerme.

Mis inicios en la escritura comenzaron en la universidad. Escribía mis ocurrencias en mis cuadernos, en alguna esquina de la hoja, durante clases generalmente, por lo que no le prestaba atención al profesor (luego vinieron las consecuencias de esto), pero estos escritos se perdieron en el tiempo, aunque recuerdo muchos de ellos, pertenecen a otra época y no sería correcto rememorarlos.

La metodología que utilizo para escribir es simple, se me ocurre un tema, lo escribo en una hoja dentro de una carpeta llamada LPdKK en mi PC donde coloco temas posibles. Los que ya fueron publicados lo resalto y los demás son temas disponibles. Por lo general en  veinte o treinta minutos termino un post, incluyendo la búsqueda de fotos y la publicación. El año pasado durante el mes de Agosto descansé los días viernes (mes en el que aparece el blog), por lo que después de llevar a mi hijo al colegio me dedicaba a escribir. Muchos de los post del año pasado fueron escritos el mismo día. Podía escribir dos o tres cada viernes y los publicaba cuando llegara la ocasión. Supongo que este año también descansaré igual y será mi etapa productiva.

Debo decir que varios post anteriores pasaron por una minuciosa revisión por parte de mi editora.  Ella, quien tiene voz de operadora de teléfono erótico (en realidad esta perdiendo dinero), es quien muy gentilmente corrige mi gramática, cambia algunas palabras, pero siempre respetando la idea original. Gesto que agradezco por lo que le doy un público reconocimiento.

Bueno, estaré celebrando a mi manera, este primer año, aun no sé cómo, el entusiasmo ya no me deja escribir.

Domingos de Cine

 

Ya se imaginarán que voy a referirme al séptimo arte, pero no exactamente. Quiero tratar del lugar físico donde se exhiben las películas, y para esto tengo que remontarme a los años setenta.

Por esos  años mis padres solían llevarnos, a mis hermanos y a mí al cine. Recuerdo que muchas veces mi papá salía mucho antes que nosotros para “ir haciendo cola”, ya que éstas podían tener más de una cuadra, y existían los vendedores de cola y revendedores, personajes que ya no se ven actualmente. Los cines que nos llevaban eran en el centro de Lima: “Tacna”,” Metro”, “República”, “San Martin”,” Adán y Eva”, y otros más.

Las películas que más recuerdo son “Los diez mandamientos”, “Aeropuerto”, “Infierno en la Torre”, “La aventura del Poseidón”, “La batalla de Midway”, “Tiburón”, etc. Mis padres me iniciaron en este arte y luego seguí por cuenta propia.

Cerca a mi casa existía un cine de barrio, a quien le agradezco su existencia. Era el famoso cine “Túpac Amaru”, y digo agradezco porque el precio de las entradas era bastante asequible, es como si ahora costara 2 soles, o menos, aunque contaba con tarifa diferenciada ya que tenía tres categorías con dos salas: Norte y Sur. La sala Sur presentaba tres plataformas: Platea, que contaba con bancas de madera, no eran butacas, así que era difícil calcular la capacidad, ya que la gente se “apegaba” y entraban mas. Creo que los cobradores de combi sacaron el término de aquí. Luego estaba Mezzanine, la sala ficha, con butacas individuales, mucho más pequeña que platea, y por ultimo Balcón, con bancas también pero algunas sin respaldar,  ésta era la sala más barata, el precio era casi “tu voluntad”. La sala Norte solo era mezzanine. 
Éste era el cine más grande que he visto en mi vida, la sala sur tenía una capacidad de dos mil personas o más, y contaba con un servicio al espectador único en su tiempo. Cuando mirabas tranquilamente tu película favorita, podías gritar: “¡¡¡canchita!!! y un patín se acercaba y te entregaba una bolsita del snack favorito de los cines, además ofrecían gelatina en bolsa, no solían vender gaseosa, o a veces, pero en bolsa, ya que alguno desadaptados lanzaban las botellas (una vez me cayó en la cabeza una bolsa de gaseosa y agradecí el hecho de no ser una botella).

Algunos espectadores de Balcón solían pasarse a Mezzanine, para ello tenían que bajar por una pared de una altura de unos 5 metros.  Fui testigo excepcional de una caída. Un pata al intentar bajar, cayó pesadamente sobre las butacas de madera y se sacó la ñoña y los empleados de cine, lejos de auxiliarlo lo terminaron de gomear.

Como las películas de estreno tardaban mucho en llegar a esta sala, solían pasar algunas clásicas, sin mayor publicidad, es así como sin querer, aprendí el gusto por las películas de culto.

El día que hice mi primera comunión, supongo que a los once años, al regresar de la iglesia con mis padres y padrinos vi que proyectaban en esta sala “Encuentros cercanos del tercer tipo”, película que esperaba su estreno. Ni bien llegué a casa salí corriendo a buscar a alguien con quien ir al cine, mis amigos no estaban, hasta llegué a ofrecerles pagarle la entrada a unos vecinos que no eran mis amigos, pero ellos no quisieron ir, así que no me quedo otra que ir solo. Tiene su encanto ver la película en solitario. Al regresar a casa, mis padrinos ya se habían retirado y mis padres estaban muy molestos conmigo, ya que me fui sin decir nada y eche a perder el almuerzo familiar.

Algo interesante que me paso relacionado a éste cine “Túpac Amaru”, fue lo que les cuento a continuación: estando en el parque con un amigo, se nos acerca un señor del barrio y nos dice:”Oigan chicos un favor, soy entrenador de un equipo de beisbol, y han ganado un torneo metropolitano, pero no han venido todos los jugadores, así que, ¿qué les parece si van con nosotros haciéndose pasar por los jugadores?, los van a premiar y seguro les dan algún regalo”. Tardamos medio segundo en responder y fuimos al cine en mención donde sería la entrega de premios. En ese momento, como parte de la premiación se ofrecía una pelea de Cachas can, así que habían algunos luchadores, Sandokan me dio la mano y fue el alcalde del distrito quien nos entregó una copa mientras que el público nos ovacionaba. Yo levantaba los brazos mientras todos nos aplaudían.  El dueño del cine nos entregó pases gratis por un mes, ese fue el mejor momento y el mejor regalo de mi vida (hasta entonces), regalo que fue bien utilizado, hasta el último día.

Algunos años después, bajó la afluencia de público y el cine empezó a decaer, se convirtió en cine porno y luego los domingos en iglesia evangélica. Luego vendieron una parte a una tienda de electrodomésticos y últimamente y cerró definitivamente.

Desde este humilde blog le rindo un homenaje a este emblemático cine, forjador de mi gusto por el sétimo arte.

De los errores se aprende.

 

El titulo no puede ser más adecuado, y es que esta vez si aprendí de un error anterior, y éste fue mencionado en el post “Campamentos”, cometí una infidencia de la cual me arrepentí después, y pasados algunos años me sucedió una situación similar.

Y ésta historia comienza con ron “Pampero” y casi termina con una amistad. Resulta que un muy buen amigo mío, colega de la universidad, quien trabajaba en provincia vino a visitarme a casa de mi suegra donde yo vivía entonces y obviamente hubo algo de bebidas espirituosas. Mi cuñada nos acompañaba y junto con mi esposa no dedicamos a beber el ron en cuestión (asqueroso por supuesto, pero eran épocas de vacas flacas, y mi presupuesto ya no alcanzaba para los Johnny Walker etiqueta azul). Después de unos tragos mi esposa se retiró a nuestro aposento, y luego, ya algo picado me retiré yo también y los dejé solos en la sala.

Debo aclarar que no fue un descuido de mi parte dejar sola a mi indefensa cuñada, ya que mi pata tenía la fama de nerd, con evidentes limitaciones en el arte de la seducción, y ella no sé quedaba atrás. Recuerdo que unos meses antes, ella me preguntó que significaba la palabra “arrecha”. Con el propósito de ser explicito le dije que cuando se encuentre con sus amigos les dijera “que estaba arrecha” y que seguramente lo averiguaría de primera mano. Lo que nunca imaginé es que siguió mi consejo a la letra. La siguiente vez que la vi me dijo que era un imbécil, y más adjetivos que no pueden ser mencionados y de lo que si estoy seguro es que nunca olvidará el significado de esa palabra.

Creo que ya se están imaginando que pasó, ya que el factor alcohol no lo había tenido en cuenta. Al despertar a la mañana siguiente fui a buscar a mi pata a la sala, donde dormía cuando se quedaba hasta muy tarde y no lo encontré. Inicialmente pensé que se había ido temprano, pero al encontrar sus zapatos supe que estaba cerca, lo busque en el baño, la cocina, el dormitorio de mi cuñado, hasta en el dormitorio de mi suegra (llegué a pensar en esa posibilidad), y por último, el lugar menos probable, el dormitorio de mi cuñada, y allí escuché sus ronquidos.

Lo primero que hice fue despertarlos, ya que mi suegra sé despertaría pronto y hubiera sido una situación muy embarazosa. Después de un buen rato, mi pata salió, estaba avergonzado, creía que le iba a recriminar, pero eran adultos y sabían lo que hacían (creo). Luego de ese encontronazo, ellos comenzaron una relación.

Creo que un par de meses después, el ex de mi cuñada, al enterarse que ella tenía otra relación, decidió aparecerse, y como mi amigo trabajaba fuera, no estaba cerca para proteger sus intereses. Ella regresó con el ex.

La siguiente vez que mi amigo regresó a Lima, la buscó y mi cuñada decidió seguir su relación con él. Yo, como defensor de los principios de la moral y las buenas costumbres, decidí intervenir, le dije que no le hiciera eso a mi amigo, dándole un ultimátum, la siguiente vez que lo vea, debía terminar con él. Y así lo hizo.

Algunas semanas después, mi cuñada ya formalmente con el ex, que ahora era el actual, estaban en el auto de él, y como yo lo conocía también, estábamos los cuatro, con mi esposa conversando dentro del vehículo, cuando llegó mi amigo y nos vio, su enojo fue mayor al verme con ellos.

Al mes siguiente viajé donde él se encontraba, y lo busqué, al inicio se mostró esquivo, pero llegué con un ron para bajar las tensiones, le conté de mi intervención, y que ella al final terminó para no hacerle más daño. Al final lo comprendió. Ahora somos todos amigos nuevamente.

Conciertos

 

Si han leído algunos posts anteriores supondrán que me gustan los conciertos. Ahora se supone que debería decir que se equivocan, pero esta vez no. Creo que estos eventos son los únicos con aglomeraciones masivas de público que tolero. Considerando además que la mayoría de veces prefiero disfrutar la música en soledad, los conciertos son excepciones que bien vale la pena el esfuerzo. Menciono lo del esfuerzo porque muchas veces existen los inconvenientes de caminar varias cuadras para llegar al local, dejar el carro lejos, soportar que un zambo te manosee en la puerta, comprender que eres chato y los de adelante no te dejen ver, y pagar por lo general precios elevados.

La euforia que uno puede sentir cuando sale al escenario tu grupo o cantante favorito no tiene descripción. Aunque esto solo puedo imaginarlo ya que mi grupo favorito nunca ha venido por estos lares, pero ver a un grupo que te gusta y que toque alguna canción esperada es lo mejor que te puede pasar. Creo, por lo menos me pasa a mí, me libero en un concierto, estoy rodeado de gente con la misma afinidad (o parecida) y dependiendo del manejo del escenario del grupo o cantante, la masa se vuelve una.

Antes pensaba que solo se necesitaba que el grupo subiera al escenario y tocara sus canciones para ser un buen concierto. Reconozco que musicalmente puede ser una buena performance, pero ahora comprendo la necesidad de realizar un espectáculo, que es al final lo que el público viene a ver. A veces no me reconozco al escribir eso último, ya que voy a un concierto a deleitar a mis oídos, no a mis ojos, pero también creo que un buen show sobre el escenario es vital para la  disfrutar un poco más tus canciones favoritas.

Puedo citar algunos ejemplos: en el concierto de Deep Purple en el Estadio Nacional se habilitó solo la tribuna sur, el escenario estaba pegado a la tribuna lo que creó una concha acústica y el audio era espectacular. Disfrutaba tranquilamente el concierto cuando decidieron tocar “Perfect stranger” uno de sus temas poco conocido que no esperaba escuchar, pero quizás el que más me gusta. Al ejecutarlo, en un solo de guitarra hicieron un juego de luces, solo para este tema. Si puedo buscar armonía entre sonido y luces, creo que es ésta. Me gusta ahora esta canción más que antes del concierto.

En la presentación de Paul Mc Cartney, interpretaron  “To live and let die”, la verdad un tema que poco me apasiona,  o apasionaba. Realizaron un espectáculo de fuegos pirotécnicos impresionantes durante su ejecución que resultó en un momento telúrico. Ahora me parece indispensable este tema. Este concierto fue memorable, recuerdo haber hablado muchas veces que una de mis grandes fantasías era ver a un Beatle en vivo, imaginaba muchas veces lo que sentiría al escuchar “Hey Jude”  y pasó exactamente lo que imaginaba: cuando entonaba la parte “…take a sad song and make better, better, better…..ohhhh” fue un momento orgásmico y sentí, no sin asombro que una lágrima corría por mis mejillas. Creo que soy humano al fin.

He asistido a muchos conciertos, no todos los que me hubiera gustado pero creo que a los más importantes. Llevé a mi hija de entonces catorce años a ver a Los Violadores, y de teloneros a Leuzemia y Cadena Perpetua, concierto con pogo incluido. Para los limitados que no saben que es el pogo se los explicaré: es una expresión que consiste en saltar y chocarse en grupo unos contra otros al ritmo de la música en un concierto, muy relacionado a la música punk. Se supone que sirve para liberar frustraciones, estrés, o tensiones violentas. Pero esto con mi hija presente obviamente no lo hice, aunque si en un concierto anterior de este grupo, allí si me metí al pogo y debo reconocer que si es un acto liberador.

Y bueno, solo espero que vengan AC DC, U2, Electric Light Orchestra, la reunión de Led Zeppelin y otras grandes bandas.

Disculpen el retraso, espero volver pronto.

Caminatas por los cerros.

 

Siempre nos gustó, a  mis amigos y a mí, alejarnos de la civilización y buscar nuevos lugares. A veces recorríamos el lecho del rio Chillón, río arriba hasta Trapiche y río abajo hasta el Callao. Pero siempre éramos observados por los inexpugnables cerros, por lo menos eso parecían, hasta que decidimos conquistarlos.

Donde terminaba la “civilización” estaban los asentamientos humanos, lugares muy pobres y algo peligrosos por donde pasábamos despreocupados. Recuerdo que la primera vez que intentamos llegar a la cima no lo logramos, se nos hizo tarde, Estudiábamos en el colegio en la mañana, almorzábamos, hacíamos rápidamente la tarea y salíamos a explorar. Creo que recién a la tercera vez lo logramos, solo para darnos cuenta que detrás de esos cerros de casi ochocientos metros solo había más cerros.  Encontramos restos de caracoles y vegetación seca en la parte más alta, y creímos erróneamente que esa parte alguna vez fue el fondo marino. Años después comprendimos que solo era parte de la vegetación y fauna que se forma en las lomas, ya estos cerros aún forman parte de las lomas costeras del país.

En el post “Wantoo” hubo un comentario que se refiere a uno de los hechos que narro a continuación: en la ladera de uno de estos cerros alguna vez sé colocó una cruz, pero de la que solo quedaba el pedestal de concreto, mi amigo Wantoo se subió en el,  sé bajo el pantalón y todo lo demás, y agitando sus genitales empezó a gritar para llamar la atención de los pobladores de esos asentamientos. No crean que fue una muestra de algún estado de perturbación sexual de Wantoo, teníamos nueve años, aunque pensándolo bien….

Una de esas tantas veces que subimos a los cerros regresé a mi casa más tarde de la hora que tenía permitido salir, y fui castigado. Me hicieron prometer que no saldría más con “esos amigos míos”, pero como sabrán, no pude cumplir esa promesa.

Creo que la última vez que subí fue cuando ya estaba en la Universidad. Uno de mis amigos estudiaba Biología en la misma universidad que yo, y me pidió que lo acompañara, y regresábamos después de muchos años. Él quería recoger muestras de esos caracoles para una investigación de Zonas Áridas. Caminábamos cómo siempre, atravesando los asentamientos humanos, cuando alguien gritó “¡¡Choros!!”, entonces los pobladores empezaron a salir de sus casas con palos y al vernos corrieron hacia nosotros. Mi primera  reacción fue tratar de explicarles que éramos estudiantes universitarios y solo queríamos unas muestras, pero cuando me volví a para ver a mi pata, este ya estaba como a una cuadra corriendo como animal, y no me quedó otra que seguirlo. Estuvieron a punto de alcanzarnos y no sé qué nos hubiera pasado si lo lograban.

Aún quiero regresar, ahora viendo el Google Earth puedo ver qué hay detrás de esos cerros. A ver si animo a mis amigos, no sé si el cuerpo grasoso que tenemos ahora nos permita una subida así, pero quisiera volver a ese pedestal de cruz para dejar un recuerdo a nuestro inolvidable amigo Wantoo.

Aún vivo

 

Éste es un relato que me ocurrió hace años, en mis días de camionero por el norte chico. Los que dicen conocerme se preguntarán: pero éste pata ¿cuándo fue camionero? Bueno, no exactamente, cuando trabajaba en una Reserva Nacional al norte de Lima se necesitaba regar los árboles que habían sido reforestados, y la única forma era hacerlo con un camión cisterna.

Este camión era un Dodge D-500 de antigüedad incalculable para mí y mi historia con este armatoste fue mala desde el comienzo. Todo empezó en mi primer día en esta Reserva y durante la primera entrevista que tuve con mi jefe me preguntó si tenía brevete y si antes había manejado un camión, y mis respuestas fueron si a la primera y no a la segunda, aunque mi licencia solo me permitía conducir vehículos menores. Mi jefe no contento con saber que estaba incapacitado para conducir un  vehículo pesado, me llevó hasta el camión en mención, me ordenó subir al volante a lo que obedecí mis mayor protesta ya que pensé que solo me enseñaría a encenderlo, la posición de los cambios o algún truco que seguramente tendría un camión tan viejo como este.

El camión estaba estacionado en la parte baja de le Reserva, para salir de allí existe un camino sinuoso que sube por el cerro al borde de un abismo, y mi jefe me ordeno arrancar y salir hasta la parte alta. Le dije lo más respetuosamente que pude, que ese camino era muy angosto, que tenía muchas curvas y nunca había manejado un vehículo así, pero no le importó, me dijo que si tenía brevete podía manejar cualquier cosa, que todos los carros son iguales, y para darme más confianza, llamó a otro guardaparque y lo subió a la cabina junto a él. El pata estaba palteado, ya que escuchó toda nuestra conversación, le rogó bajar del camión pero lo sentó junto a mí y el jefe en la puerta, fumando tranquilamente su cigarro. Salí nervioso de allí enrumbando a la subida por el estrecho y zigzagueante camino, pero mis cálculos en las curvas no me fallaron y llegamos a la cima sin novedad. Desde entonces manejaba el camión diez kilómetros fuera de la Reserva hasta una hacienda de espárragos que tenía un pozo y allí llenábamos agua para el riego de los árboles que se había reforestado. El motivo era loable por lo que acepté el encargo.

Una de tantas veces que manejaba el camión por la Panamericana Norte me detuvo una patrulla policial, y obviamente fui. Les metí un floro sobre la protección del ambiente, la importancia de la reforestación, pero no les importó mi discurso conservacionista,  y solo querían un sencillo para calmarse, así que no me quedó otra que sobornar (por primera vez) a un policía (ya con mi auto se repetirían una cuantas veces más).

Pero lo más trágico que me pasó con este camión fue lo siguiente: un técnico llegó para reparar los cambios, y nos dijo que volvería la siguiente semana para reparar los frenos, ya que el aire se perdía, pero se podía usar con cuidado. Se había programado regar los plantones de la parte alta de la reserva, así que fuimos todos, se regaron las plantas y luego seguiríamos bajando al lado del inclinado camino, pero al arrancar noté que el freno no respondía. Ya estábamos en la pendiente, intente poner los cambios en segunda para bajar la velocidad pero como estaba recién reparado, no enganchaba, o sería por mi nerviosismo que no entró el cambio y mientras lo intentaba, pisaba el embrague y el camión, con toda su carga de agua bajaba en neutro ganando cada vez más velocidad. Mis compañeros que estaban conmigo en la cabina se lanzaron por la puerta y me dijeron que saltara también. Al ver por el espejo retrovisor veía a mis amigos correr detrás, llamándome, pero sabía que el camión era muy importante y habría que hacer algo. Vi con horror que el camino terminaba en un cruce en T, a la derecha en subida rumbo a la salida de la Reserva, y a la izquierda la bajada hacia la casa de los guardaparques. La curva en ese cruce era muy cerrada para girar a esa velocidad, así que solo me quedo salirme a la derecha del camino y esquivar los árboles, hasta que vi una zanja de un metro de ancho con un cerco de madera. Pensé que el camión se estrellaría contra  la zanja, por lo que decidí acelerar para pasar “volando”. Recuerdo como mi vida entera pasó por esos noventa segundos que creo duró la bajada, hasta que logré saltar la zanja. Salí por un camino en subida, por lo que el camión se detuvo lentamente.

Aunque suene extraño, no tuve miedo en ese instante crucial, mas pensaba en no destruir el camión. Mis patas al alcanzarme me sacaron en hombros y hasta ahora recuerdan esta anécdota.

Al regresar a casa, lo primero que hice fue adquirir un seguro de vida, ya tenía una hija y comprendí que la vida era muy frágil. Luego seguí manejando el camión con normalidad (después de reparar los frenos por supuesto) hasta que dejé la Reserva, que ya por entonces era  mi segundo hogar.

viernes, 1 de octubre de 2021

Wantoo

 


 

Hasta el momento no me he referido a ninguna persona por su nombre, aunque esto dificulte la redacción, y por lo tanto la comprensión. Pero ahora no puedo evitar mencionar a alguien, aunque no por su nombre, pero si como familiarmente lo llamábamos: Wantoo.

No todos los que lo conocieron lo llamaban así, y digo conocieron porque él nos dejo algún tiempo atrás. Es un poco doloroso recordar que no lo veré más, pero tengo la satisfacción de saber que es una de las personas más ocurrentes que conozco. En mi mente aún está en presente.

Lo conocí cómo a todo mi grupo en primaria, y fue de los cuatro originales. Él siempre fue el más creativo. Escribía cuentos, canciones, poemas, criticas de cine y de música. Cuando quería presentarnos alguna nueva producción suya, nos llamaba para una “velada artística”. Recuerdo gratamente un cuento suyo, creo que fue el primero, titulado “El paquete azul”, sus canciones “No me hagas sentir tan mal” y “Nacido sudamericano”, las recuerdo porque las tocamos.

Mucho de lo que se de cine se lo debo a él. Al final de una película me podía dar detalles que yo no había percibido. Más de una vez acertó con las ganadoras del Oscar, o los Grammy. Le apasionaba hablar de estos temas. Aunque no compartíamos los mismos géneros musicales, siempre respeté sus críticas sobre lo que me gustaba.

Su vida podía sonar muy bien, pero no lo era. No pudo estudiar después del colegio. Su madre murió cuando estábamos en tercero de secundaria, y su padre, con quien no vivía, falleció poco tiempo después. Vivió solo con su hermano mayor. Se vio obligado a trabajar e hizo de todo,  incluso trabajó en la morgue de un hospital. Creo que estas cosas formaron su carácter.

De niño tenía una forma muy particular de correr, y por eso lo molestábamos. Ahora que lo recuerdo, fuimos muy crueles con él. Ya más grandes, ya no solo era su forma de correr, sino otros hechos los que nos hacían dudar de su opción sexual, pero a pesar de la confianza que le teníamos, nunca se lo preguntamos directamente, solo nuestros comentarios agriamente homofóbicos. Nunca le dimos la confianza para que nos pudiera confesar lo que sentía. Esa es una de las cosas que más me arrepiento en esta vida.

Años después, varios nos mudamos a otros barrios, y lo veíamos muy poco. En sus cumpleaños siempre nos decía que hacía una reunión para nosotros, y otra para sus otros amigos. Nunca pensé nada malo de eso, supuse que hablaba de sus patas del trabajo.

La última vez que lo vi fue en mi casa. Llegué del trabajo y lo encontré allí, hablando de sus proyectos futuros, lo vi bien, optimista, le presenté a mi hijo recién nacido, y hablamos un rato. Unas semanas después, nos reunimos los otros y como era obvio, faltaba uno, entonces fuimos a buscarlo a su casa. No había nadie, así que dejamos una nota bajo su puerta. Dos días después, un primo suyo nos llamó para decirnos que había muerto.

Nos reencontramos en el velorio. Fue una sensación muy extraña, como haber perdido un brazo. No quise verlo en su ataúd, él era la persona más viva que conocí, y definitivamente no era el objeto inerte que reposaba dentro de esa caja, así que me llevaré el recuerdo de su vida, no de su muerte.

Esa noche al regresar abrumado a mi casa, me acosté pensando en la fragilidad de la vida, en lo que el  mundo había perdido, y me quedé dormido y tuve el sueño más real que hasta ahora he tenido. Llegaba a mi casa volviendo del velorio, y al abrir la puerta lo vi en mi sala cargando a mi hijo, el bebé reía y él también, y le dije sorprendido “¡pero vengo de tu velorio, cómo es posible!”, y él me dijo: no estoy muerto, estoy bien, no te preocupes por mí. Aún en mi sueño corrí al teléfono para llamar a los demás. Al despertar tuve que analizar muy bien para separar mi sueño de la realidad.

En el entierro comprendí muchas cosas, creo que los únicos heterosexuales que fuimos éramos nosotros y su hermano. Lo comprendí muy tarde.

Algunos meses después nos reunimos en mi casa, después de unos tragos fue inevitable no recordarlo. Creo que el sentimiento de culpa nos abrumo simultáneamente. Nos abrazamos y las lágrimas brotaron. No lloro fácilmente, pero Wantoo merecía mi llanto como ahora merece mi sonrisa.

Ya nos veremos Wantoo, espero que desde donde estas puedas criticar este blog.