viernes, 19 de mayo de 2017

Cometa Halley

No se si ustedes vivieron la última visita del cometa Halley en 1986. Como el Perú era uno de los mejores lugares para observarlo, se creó una gran expectativa por este acontecimiento. Tampoco faltaron los pesimistas que vaticinaron el fin del mundo con el inminente impacto del cometa ya que iba a pasar muy cerca, pero como ya saben, nada malo pasó.
Por aquellos días parecía conformarme con verlo desde el techo de mi casa, o por televisión, ya que no tenía planes para salir de Lima en busca del fenómeno celeste.
El día que debía pasar el cometa fue otro día cualquiera, hasta que a medio día uno de mis patas de mi grupo original me buscó y me propuso ir de campamento a algún lado, yo propuse Santa Rosa de Quives.  Con las mismas buscamos a otro miembro del grupo, y éste tenía la visita de un pata de su Universidad, quien se quiso acoplar, así que nos dispusimos a organizar el viaje. Aunque ya no teníamos tiempo, en solo un par de horas alistamos nuestras cosas, la comida y lo más importante, el trago. Salimos de Lima a las 4 de la tarde, en un viaje un tanto accidentado, muchas personas viajaban, así que el bus iba lleno y por lo tanto viajamos parados, bueno, sentados sobre nuestras mochilas.
De los cuatro que viajamos, solo yo conocía nuestro destino. Había viajado de niño y recordaba claramente que el bus que nos llevó ingreso al pueblo. Lo que no sabía era que existía otra carretera que no ingresaba al pueblo, pasaba por abajo, así que yo confiado en ver la “Casa de Santa Rosa” les iba diciendo a mis amigos que aún faltaba para llegar. Cuando ya empecé a sospechar que nos habíamos pasado, le pregunté a uno de los pasajeros quien muy alegremente me dijo que ya habíamos pasado Santa Rosa ”hace rato”, entonces avanzamos hacia la puerta y le dijimos al chofer para bajar. El bus se detuvo en un pueblo llamado Yaso, en medio de su plaza al momento en que allí se realizaba un partido de fútbol. El chofer no tuvo mejor idea que dejarnos en “medio de la cancha”, bajamos y el bus se fue raudamente. Los cuatro nos quedamos parados viendo alrededor como habíamos detenido el partido y los jugadores y tribuna nos miraban con odio. Lentamente nos alejamos y los pobladores no decían nada, solo nos seguían mirando con odio, parecía como si solo esperaban a que alguien diera la orden de atacarnos.
Salimos del pueblo y un grupo nos seguía, creo que para asegurarse que nos íbamos. En ese momento oscureció, y tuvimos que decidir qué hacer.  De nuestro grupo, dos no habían llevado nada de comer, porque esperaban comprar algo, y como a Yaso no volvíamos más, entonces empezamos a caminar hacia Santa Rosa. Nos dimos cuenta que nadie había llevado linterna, así que caminamos “a tientas” por más de dos horas. Fue algo tenebroso ya que aún teníamos la sensación que nos estaba siguiendo, porque se escuchaban pasos lejanos, murmullos en una carretera totalmente vacía y la oscuridad ayudaba a nuestros temores. Empezamos a ver la luz de nuestro destino y nos dimos cuenta que parecía una feria, lleno de carpas y gente, así que comimos algo y nos dispusimos a esperar el paso del cometa, y para amenizar la espera salieron a relucir las botellas de ron que habíamos llevado.
Recuerdo que el cometa debía pasar cómo a las 2 de la mañana, pero el efecto del trago llegó primero. Cansados de la caminata y el sopor del licor nos quedamos dormidos no sé a qué hora, pero cuando despertamos era de día y el cometa ya había pasado. Le preguntamos a los campamentos vecinos y nos dijeron que fue bacán, que lo máximo, etc. y nosotros absortos, arrepentidos por la oportunidad perdida, jurando no tomar nunca más.

Regresamos a casa cabizbajos, con la optimista creencia que veríamos el cometa la siguiente vez que regresara, el 2061.


viernes, 21 de abril de 2017

¿Bullying? Los de mi época (Parte 2)


Disculpen la demora, apenas dos años para esta entrega. Además existe otra razón, tuve que reescribirla. Guardo un backup de todas los posts, pero esta segunda parte se perdió en algún lugar de la nube, así que haciendo memoria me puse a escribir.
Trascurrieron los años en mi colegio, ya tuve un grupo de amigos, y hasta me hice patas de los más “malandros”. Los conocía bien y sabia de sus “pendejadas”, siempre veía por donde escapaban del colegio. Era por el descanso de la escalera, por allí la caída a la calle no era muy alta, además era un descampado y nadie pasaba por allí. Una de esas tardes aburridas en el cole, decidí fugar también. Subí por el muro y me descolgué, pero ya estando fuera me puse a pensar: ¿y ahora qué hago?, mis patas se iban a jugar pelota y como yo no juego, me dispuse a regresar. Subir el muro no fue muy fácil, nadie lo hacía pero lo logré, y ningún profesor me vio.
Durante un recreo, escuchamos un griterío en el patio. Salimos a ver de qué se trataba y vimos al auxiliar correr. Yo solo pensé, pobre de estos bastardos, éste pata los molerá a golpes, pero la situación no era así. Detrás del auxiliar corría un alumno con un cuchillo, persiguiéndolo, y aquel solo pudo salvarse metiéndose al kiosko. El alumno con el cuchillo solo se fue y su madre lo retiro del colegio al día siguiente.
Un día en el salón, un pata nuevo estaba sentado en la ultima carpeta (como era usual), hasta que llegaron los “malandros” y entre dos levantaron la carpeta (con alumno nuevo incluido) lanzándola hacia atrás. Al levantarse tenía el brazo roto. No delató a nadie.
Pero a pesar de tener patas, no pude pasar “piola” todo el tiempo. Durante el recreo, un pata mío me agarró del cuello por detrás con una botella rota. Mientras lo hacía gritaba para llamar la atención. Era como una prueba de valor, para creerse “el bacán”, pero a pesar que su intención no era cortarme, con el movimiento si lo hizo. Un pequeño hilo de sangre empezó a correr por mi cuello. La verdad fue que él se asustó más que yo. Sabía que el corte fue superficial, y él solo se quedó mirando mientras se le caía de las manos el pedazo de vidrio. Yo solo me acerqué y me di un golpe. Creo que es la única vez que he roto un labio (a golpes me refiero), y éste pata no se defendió, sabía que lo merecía. Aun tengo esa cicatriz.
Otro día, mientras caminábamos por la calle unos patas empujaron violentamente a un amigo mío. A pesar nosotros éramos unos cinco, los otros que eran mayores que nosotros atacaron sin motivo alguno a mi pata. Uno de los míos, al ver esto solo atino a lanzarse sobre dos de los agresores, lanzándolos al suelo y golpeándolos. Nosotros solo los separamos y nos fuimos. Esa fue una lección de compañerismo de éste pata (uno de los malandros) para proteger a otro de los nuestros. La violencia estaba en todas partes.
Como dijo Arguedas en “El Sexto”: allí conocí a lo mejor y lo peor del Perú. Mi colegio me formó no solo académicamente, apenas puedo recordar lo que me enseñaron algunos profesores, pero si todo lo que les he contado.
Viendo como el Bullying se produce actualmente, cuando los profesores no tienen mayor autoridad y los chicos esperan que alguien soluciones sus problemas de acoso, creo que yo viví una buena época.
Me voy, esperando reeditar pronto los otros posts.

Chau.

viernes, 8 de abril de 2016

¿Bullying? Los de mi época (Parte 1)

Hace poco leí un artículo periodístico en el que se anunciaba la celebración de los 50 años de la primera edición de “La Ciudad y los Perros” de nuestro nobel Mario Vargas Llosa. Dicho sea de paso, no he leído esa obra y solo me contente aunque no me conformé con ver la película homónima, allá por los 80’s.
Esta conmemoración me recordó mis años en el colegio, y aunque no estuve en un colegio militar, si pasé mis años escolares una Gran Unidad Escolar que para asuntos prácticos, era igual o peor.
Estudié primaria en un colegio de barrio, pequeño donde todos mis compañeros eran mis vecinos y como todos conocíamos a la mamá de todos, eso creó cierto respeto y la convivencia fue agradable. Ya cuando iba a comenzar segundo de secundaria, mis padres decidieron matricularme en el colegio donde terminó mi hermano mayor. Era en el Rímac y como comprenderán mi vida cambió radicalmente el primer día de clases. Mi hermano me acompañó, ya que yo nunca había estado en ese distrito, me indicó donde debía tomar el microbús de regreso, me enseñó el colegio por dentro y me dejó más solo que Robinson Crusoe sin Viernes y más perdido  que hijo de puta en el Día del Padre. Llegué a mi salón y sólo atiné a sentarme atrás, en la última y solitaria carpeta, al rato llegó otro pata, que parecía en mis mismas condiciones y se sentó a mi lado. El resto del salón ya se conocía y hablaban animadamente. Mi compañero de carpeta, tímidamente empezó a hablarme, recuerdo que me dijo que vivía en Ventanilla y luego muy suelto de huesos  se anunció como un violador y por los detalles que me dio, parecía profesional. Me narró sus hazañas y algunos tips. Sus indicaciones eran precisas: la chica a la que quisieras violar debería medir solo hasta tu hombro, de lo contrario, tendría fuerza y podría ganarte. Había que golpearlas un par de veces, luego solo sujetarlas y ya se dejarían. No crean que escuché esto con curiosidad, sino con estupor. Luego sacó una revista porno en plena clase y cuando el profesor se acercaba a nuestra ubicación, la puso sobre mis piernas. Apenas pude cogerla y esconderla debajo de mis cuadernos y el profesor, felizmente no notó lo que tenía. Como aun no tenía “calle” suficiente, solo le dije que no vuelva a hacerlo. Y todo esto en mi primer día de clases.
Los días transcurrieron pero no me adaptaba del todo. Era muy callado, difícilmente hago amigos y aquí no era la excepción. Todo esto confabuló para hacer del “nuevo” (o sea yo) la nueva "lorna" del salón. Todos me insultaban por cualquier cosa, escondían mis cosas, me empujaban, ponían cabe. Recuerdo que le dije a mi mamá y ella fue a hablar con el auxiliar del salón, quien entró al aula y estúpidamente les dijo a todos que no me molestaran. Esto obviamente fue peor para mi ya que pensaron que los había delatado y los maltratos fueron peores. Aguante como Gandhi  algunos días hasta que ya no lo soporté. Cuando el más “monse” del salón empezó a molestarme en el recreo, en medio del patio y ya no sentía tristeza y temor como al inicio sino que mi sangre hervía, mire a mi agresor, lo medí y le di un puñetazo que lo mandó al suelo. Todos en el patio del colegio se detuvieron, lo  ayudaron a levantarse,  y simplemente se retiraron. Regresé al salón y ya no me molestaron más. Me gané el respeto aunque no de la mejor forma, y debo aclarar que este pata “monse” llegó a ser uno de mis mejores amigos.
Recuerdo a una profesora que era muy joven, y también recuerdo que una vez al finalizar las clases quería bajar por las escaleras pero algunos alumnos no la dejaban, la cercaron y le metían la mano bajo su falda. No entendía cómo podía haber patas tan avezados como para faltarle el respeto a una profesora y dentro del colegio. Ella trataba de pasar y su falta de carácter era evidente. Pidió su cambio, solo estuvo dos semanas.  Ya luego comprendí que así eran las cosas en esta casa de estudios.
Otro caso similar fue con un profesor, él llegó muy confiado en sus 15 años de experiencia en el magisterio, como lo dijo orgulloso al presentarse, y al decir su nombre todos (incluso yo) reímos a carcajadas. Era un nombre de rasgos andinos al igual que su aspecto y esto fue el motivo de nuestras burlas. El profe no demostró manejo del aula y pronto perdió el poco respeto que su traje le brindaba. En ese entonces me sentaba a la mitad del salón, ni muy nerd ni muy vago, y en plena clase con este profe vi como la mota (de borrar la pizarra) pasó volando desde atrás hacia adelante donde se encontraba parado el docente. La trayectoria indicaba el punto de impacto: la cara del profe. El proyectil impactó donde temíamos, pero nadie rió. Sabíamos que se nos había pasado la raya, una cosa era hacerle chongo, pero esto ya era criminal. El profe no dijo nada, solo se limpió la cara, recogió sus cosas y salió del salón. Ahora vendría la venganza del auxiliar y esperamos asustados. Terminó esa hora y nadie vino. Nada pasó. Al profe no lo vimos nunca más.
Como comprenderán estaba rodeado de bestias y para controlar a las bestias se necesitaba un auxiliar igual o  peor que sus educandos. Cuando se armaba el chongo en el salón venía el tío éste y de un grito detenía el burdel, pero allí no acababa la cosa. Venía ahora el castigo: regresaba a su oficina y volvía  con un palo de construcción, nos llamaba de uno por uno, nos hacia apoyarnos en una carpeta y nos golpeaba en la espalda. Lo peor era la espera a que te llamen, estar sentado en la sala de espera a la muerte, mirando los gestos de dolor de tus compañeros y luego, al llegar tu turno acercarte lentamente al patíbulo. Zas y esperar el discurso final. Una vez, en uno de tantos castigos, uno de mis patas cayó desmayado por el golpe, seguido de la carcajada general, pero no por el desmayo, sino por la cara de susto que puso el auxiliar, se le pararon los pocos pelos que tenía y solo cargó al desmayado a su oficina y no se con que lo habrá sobornado para que no dijera nada, ya que nada pasó.
Pero reconozco que no éramos unos santos, aunque no protagonista si espectador y cómplice de muchas travesuras.

Esto se está poniendo muy largo, así que continuaré después.


Alcohol y Rock and Roll

Cuando aún estaba en el colegio, íbamos a celebrar año nuevo con unos amigos. Quedamos en ir varios patas al Rímac, pero éstos fallaron y nunca llegaron, así que solamente me encontré con uno. Él me presentó a dos amigos suyos. Con el poco  dinero que tenía compré el trago que me gustaba entonces: Macerado de Coco, un licor asqueroso que ahora no se lo recomendaría a nadie. Empezamos a tomar en un parque, y yo algo corto ante estos patas desconocidos, pero el trago tiene la ventaja de convertirlos rápidamente en tus mejores amigos, y si bien, esto último no pasó, si nos caímos bien.

Después de haber terminado las dos botellas que pude comprar, les dije que ahora era su turno, pero me dijeron que estaban “misios” y por lo tanto era el fin de mi anunciada “primera borrachera”. Aunque ya había estado ebrio una vez y solo con un par de tragos, ésta era mi oportunidad de tomar “como Dios manda”, pero mis planes se veían frustrados. Otra vez el destino burlándose de mí.  
Al ir caminando por las calles de ese populoso distrito, uno de nosotros se encontró con un amigo y éste nos invito a tomar unas chelas. En la última casa del callejón más tenebroso que me hubiera imaginado, había una chingana, y para coronar mi temor, se produjo un apagón. 

Con la luz de unas velas y unas canchitas que la señora de la tienda muy amablemente nos invitó (que reemplazó al pavo y al lechón), empezó el nuevo año y llegó  con chelas. Hablábamos  de todo, hasta que nos dijo éste pata que nos ponía el trago: “vamos a casa de unos amigos, está aquí, a la vuelta”, así que todos nos enrumbamos para ahí. Milagrosamente, la “luz” regresó en ese momento, sino lo que les cuento a continuación, no tendría sentido.
Al llegar a esa casa fue grande mi sorpresa cuando vi que allí  había un grupo de rock tocando, eran cuatro patas y una chica que tocaba el teclado. Ella llevaba una minifalda inolvidable aunque solo superado por su talento con las teclas.  Esa fue una visión, y no me refiero a las piernas de la chica en cuestión, sino al hecho de estar en el ensayo de un grupo.  A esa edad uno es más impresionable, así que esto contribuyó a mi gusto por la música. Su repertorio, ahora que lo recuerdo, era simple, covers de moda, pero escucharlos en vivo era otra cosa.
El anfitrión muy amablemente nos dijo que tomáramos la cerveza que había en la refrigeradora. Parece que le agrado que de pronto, tuvieran público. Al dirigirme a la cocina vi que el refrigerador estaba lleno de cerveza, ya no cabía una más, así que con confianza y conchudez, me dispuse a culminar mis planes de esa noche.
Ya relativamente ebrio, le dije a uno de mis nuevos patas que trajera más cerveza y al regresar me dijo que solo quedaba una. Con la poca lucidez que aun mantenía, decidí que era momento del adiós, ya que acto seguido harían la “chancha” para comprar más trago y nuestra situación hubiera sido muy incómoda.

No sé qué hora era, pero aún estaba oscuro, nos fuimos a un parque, me recosté en el pasto y al abrir los ojos, ya era de día y un perro amenazaba con orinarme.
Me levanté, me despedí de mis nuevos patas, de los cuales no recuerdo ni su nombre, y me fui a casa, con la sensación que haber vivido el rock and roll. 

Dos años después, con uno de los amigos que nunca llegó, formamos un grupo de rock.


viernes, 22 de enero de 2016

Campamentos






Aunque el titulo refleje escasamente el tema del post, lo titulé asi al no encontrar una mejor opción.
Un asiduo lector de este humilde Blog es el personaje de este post, y espero que no se moleste, así que igual ahí va: de niño fui boy scout y aprendí el gusto de estar en contacto con la naturaleza. Nuestros campamentos fueron siempre lo más alejados de la civilización que podíamos, y con muchas anécdotas de por medio, pero me voy a referir a uno en especial.
Estando en la Universidad, tenía una pareja de amigos. Él se convirtió rápidamente en uno de mis mejores amigos, y ella también. Esta pareja, como todas tenían sus altibajos, y yo, amigo de ambos, conocía sus intimidades.
Por esos días, con otros amigos ex-scouts planeábamos un campamento a Canta. Al comentarle a mi amiga que saldría ese fin de semana me pidió que llevara éste amigo al viaje. Antes ya había invitado a mi amigo a otros campamentos, pero él nunca quiso ir, no le gustaban las caminatas, ni pasar frio o hambre, que era el común denominador de todos mis salidas. Ante la insistencia de mi amiga de llevarlo y el hecho que ella lo convenció de ir, fue con nosotros. La recomendación que ella me dio antes de partir fue: “hazlo sufrir”.
Ya por esas épocas nos estábamos volviendo “comodones”, ya no queríamos sufrir tanto, así que solamente armamos las carpas y nos dedicamos a comer, jugar cartas y tomar. Por la noche, éste amigo en cuestión, ya después que el licor hizo efecto en él, empezó a confesar sus infidelidades. Bueno, éramos hombres y lo comprendíamos, pero el problema era que su enamorada también era mi mejor amiga. Solo le aconsejé que no siguiera esa doble vida y definiera las cosas. No deseaba ver a mi amiga sufrir.
Ya de regreso en Lima, lo primero que hizo mi amiga fue buscarme e interrogarme. Estábamos en un salón vacío de la U. y me dijo de frente: “¿Qué te contó? ¡Él habla cuando esta borracho!”, negué todo inicialmente, le dije que hablamos de todo, de la universidad, pero ella sabía que mentía. Me miró a los ojos y me dijo algo con lo que ya no pude defenderlo: “eres mi amigo y confío en ti, no me mientas, él me engaña”, y mencionó el nombre de la chica en cuestión. Mi amiga ya lo sospechaba. Ella estaba a punto de llorar cuando ya no pude evitarlo y le conté todo. Salí del salón con la incertidumbre de haber hecho el bien o el mal. Ella terminó con  él.
Como aún nos encontrábamos de vacaciones, no fui a la U. por varios días, mayormente por no encontrarme con mi amigo, hasta que no pude evitarlo, y lo encontré. Fui a verlo con el corazón encogido, él había confiado en mí y yo lo traicioné. Recuerdo sus palabras exactas: “Creí que eras mi amigo”, y solamente sé fue.
El fin de semana siguiente me busco para tomar unos tragos con los mismos amigos del campamento. Allí al estar ebrio nuevamente sé puso a llorar por el dolor de su ruptura, solo gritaba el nombre de mi amiga. No pude soportarlo, traté de consolarlo, su dolor era legítimo. No pude hacerlo. Lo llevé a su casa. La siguiente vez que lo vi, le dije que la buscará. Lo hizo pero ella había viajado fuera de Lima a visitar a sus padres.
El lugar donde ella había ido era un pueblo olvidado de Dios.  Le recomendé que viajara a buscarla, pero me dijo que no conocía el lugar y nunca había viajado solo, así que en un arranque de remordimiento y tratando de enmendar mis actos, le dije que lo acompañaría. Eran mas de seiscientos kilómetros de distancia, viajando en ómnibus y la tolva de una camioneta. El pueblo al que llegamos era pequeño. Sabíamos que la casa de sus padres era en la plaza principal, y preguntando llegamos. Al tocar la puerta salió su madre y al preguntar por ella, nos dijo que su hija no estaba allí y vivía en Lima. Nos fuimos de allí creyendo que su madre mentía. Como las  camionetas que salían del pueblo lo hacían solo por las mañanas, buscamos un lugar donde acampar, pero a  mi amigo se le ocurrió llamar a casa de la hermana de ella. Buscamos el único teléfono que había en el pueblo, y al llamar  le dijeron que ella  había salido la noche anterior a la casa de su mamá, y cómo el viaje era largo, aun no había llegado. Al regresar a casa de su mamá, ella abrió la puerta.
El resto de nuestra estadía fue lo más aburrido que me pudo pasar, ya que simplemente sobraba. Ellos se reconciliaron. Pude cambiar la historia. Fue el viaje más inesperado que hice, y conocí un pueblo que jamás pensé en conocer.
Años después ellos terminaron su relación, pero esa vez, yo ya no tuve nada que ver.

Reedición

Si estan leyendo esto es porque son fieles seguidores de este blog. Las probabilidades que hayan llegado al azar son bajas (si es asi, agradezco al destino). Menciono esto porque si son seguidores sabrán que los post anteriores se perdieron, cuando los publicaba en otra página, por lo que, a pedido de algunos de estos asiduos lectores, los publicaré nuevamente.
Algunos post los publicaba con fotos referenciales y no se si recuerde las mismas para colocarlas tal cual se publicaron, por lo que pido disculpas si esto ocurre.
El titulo de éste post es precisamente por si ocurren estos errores u omisiones.
Bueno, ahi vienen.


viernes, 9 de octubre de 2015

Moda


Mi análisis original sobre este post no era escribir sobre Moda. Hace unas semanas  se recordaba el primer aniversario de la muerte de Gustavo Cerati, músico que realmente nunca me gusto demasiado, pero lo respeto por su aporte e influencia, pero ese mismo día también se recordó a Joan Rivers, un ser a quien en su momento no me interesó conocer, hasta que leí un poco más sobre ella.
La Sra. Rivers conducía un programa de televisión estadounidense llamado Fashion Police que rajaba de las vestimentas de las celebridades en las diferentes alfombras rojas de Hollywood (Premios Oscar de La Academia, Premios Grammy, Premios Globo de Oro, etc). Siempre pensé que nadie tiene la autoridad suficiente para criticar la forma de vestir de otro, por eso nunca vi ese programa, aunque nunca me pierdo la premiación del Oscar, sin importarme como visten sus protagonistas.
Siempre me consideré ajeno a la moda. Por mi forma de ser me era relativamente fácil hacerlo, incluso por mis gustos que muchos consideran “especiales” (diferentes, extraños u otro adjetivo como contradictorio), pero fueron mis preferencias musicales lo que empujó al resto. Si me considero inmune a las influencias melódicas, entonces también puedo mantenerme en mis gustos al vestir.
Esto último es muy relativo, mi ropa puede parecer arcaica y difícil de conseguir. Trato de mantener un estilo, pero inevitablemente la moda se impone. Aunque mi gusto por los blue jeans se mantenga, estos ahora son más ceñidos que en los 80’s y 90’s, al igual que los polos.
La Moda es contradictoria ya que al promover una tendencia en la forma de vestir fomentará que muchas personas adopten estas preferencias y desembocará  necesariamente en su fracaso. Una Moda largamente aceptada pierde su atractivo al dejar de ser un elemento diferenciador.
Y ahora si la explicación del porqué cité a Joan Rivers. A pesar de todo lo mencionado, quise averiguar  un poco más ella y descubrí la forma hilarante con que abordaba su vejez, cosa que espero llegado el momento también poder hacer. Tenía unas frases célebres que vale la pena mencionar:
"Sabes que has entrado en la madurez cuando quien te previene de que disminuyas la velocidad es tu doctor... y no la policía".
“Tengo que admitir que me da miedo tener Alzheimer, una vez que lo tenga podría decir mi mejor chiste y nunca saberlo”.
¿Saben por qué me siento más vieja? Voy a comprar ropa interior sexy y automáticamente me la envuelven para regalo”.
 “Mi cuerpo es mi templo y mi templo necesita una re decoración".
Como mencioné, esta señora dirigió un programa sobre farándula, pero a pesar que tuvo una forma de ganarse la vida que no me interesó, si tuvo algo interesante en sus vivencias para poder acuñar esas frases inmortales.  Para terminar, mencionaré otra frase suya con la que puedo discrepar, pero igual me parece graciosa: “El estilo es como el herpes: lo tienes o no lo tienes”.

Nos vemos.